Propósito de vida en la mediana edad: ¿Y si ya no quieres la vida que antes soñabas?
¿Por qué la mediana edad puede convertirse en un momento de replanteamiento profundo, incluso cuando aparentemente “todo está bien”?
Una de las cosas que puede ocurrir en la mediana edad es que empezamos a mirar nuestra vida con otros ojos.
Y esto puede suceder incluso cuando, desde afuera, pareciera que todo está bien: tenemos trabajo, familia, pareja, estabilidad económica y hemos conseguido cosas importantes.
Pero las personas cambiamos. Y lo que queríamos hace 20 o 30 años no necesariamente es exactamente lo que queremos hoy.
Entonces aparece una comparación que puede resultar muy interesante: la vida que imaginábamos cuando éramos jóvenes frente a la vida que tenemos actualmente.
Pero no solamente comparamos lo que pensábamos que íbamos a conseguir. También podemos comparar cómo creíamos que nos íbamos a sentir cuando lo consiguiéramos y cómo nos sentimos realmente.
Y ahí puede aparecer una pregunta incómoda:
“¿Tengo muchas de las cosas que quería… ¿por qué no me siento como imaginaba?”
Esto no necesariamente significa que nuestra vida esté mal. A veces significa que nosotros también hemos cambiado.
¿Qué ocurre cuando descubrimos que los objetivos que perseguimos durante años ya no nos producen el mismo sentido?
Podemos pasar muchos años persiguiendo determinados objetivos: construir una carrera, formar una familia, conseguir estabilidad, tener una casa o alcanzar determinado nivel profesional.
Podemos valorar profundamente todo eso y, al mismo tiempo, sentir que algo cambió.
Quizás aquello que antes nos movilizaba ya no lo hace de la misma manera.
Y aquí es importante no apresurarnos a pensar: “Entonces tengo que cambiar toda mi vida”.
Antes de eso, hay preguntas que vale la pena hacerse:
- ¿Qué quiero hoy?
- ¿Qué me importa hoy?
- ¿Qué cosas todavía me entusiasman?
- ¿Qué cosas estoy haciendo porque realmente las quiero y cuáles porque siento que debería hacerlas?
Porque muchas veces hemos aprendido a construir nuestra vida respondiendo a expectativas: las de nuestra familia, las de nuestra cultura, las de nuestra profesión o las de la sociedad.
Y puede llegar un momento en el que necesitemos preguntarnos cuánto de esa vida también es verdaderamente nuestro.
¿Cómo diferenciar una crisis de propósito de un agotamiento, burnout, depresión o insatisfacción?
Aquí hay que tener cuidado.
Una crisis de propósito puede relacionarse con sentimientos de vacío, desmotivación o insatisfacción, pero no todo vacío es una crisis de propósito y no toda depresión se explica por una falta de sentido.
Una persona puede estar agotada porque lleva años sosteniendo demasiadas responsabilidades. Puede estar atravesando un episodio depresivo. Puede estar insatisfecha con su trabajo, con su relación o con alguna otra área de su vida.
Y también puede estar preguntándose profundamente hacia dónde quiere llevar su vida.
A veces estas experiencias se cruzan, pero clínicamente necesitamos diferenciarlas.
Por eso, hablar de propósito no significa reducir todo malestar psicológico a “no has encontrado tu propósito”. Significa abrir una pregunta más dentro de una mirada integral:
¿Cómo estoy viviendo? ¿Cómo me estoy sintiendo? ¿Qué está pasando conmigo y qué necesita ser revisado?
¿Cómo influyen las redes sociales en la sensación de que “a estas alturas debería haber hecho algo más con mi vida”?
Las redes sociales pueden tener mucho que ver.
Las redes pueden convertirse en una vitrina de vidas aparentemente extraordinarias: personas que cambian de carrera, viajan, emprenden, tienen un cuerpo determinado, construyen negocios, se reinventan…
Y nuestro cerebro compara.
El problema es que muchas veces estamos comparando nuestra vida completa con la parte de la vida de otra persona que decidió mostrar.
Vemos el resultado, pero no vemos necesariamente el proceso. No vemos las dudas, los problemas económicos, las pérdidas, los intentos fallidos, las dificultades familiares o todo aquello que también forma parte de cualquier vida.
Entonces aparece esa sensación de:
“A estas alturas debería haber hecho más.”
¿Más según quién?
¿Más de qué?
¿Más para qué?
Hacer un consumo consciente de redes es importante. No necesariamente tenemos que desaparecer de ellas, pero sí recordar que estamos mirando una vitrina y no una vida completa.
Y, sobre todo, preguntarnos si estamos utilizando las redes para inspirarnos o para medir nuestro propio valor.
¿El propósito tiene que ser un gran proyecto que transforme nuestra vida?
Esta es probablemente una de las cosas más importantes cuando hablamos de propósito.
El propósito no tiene que ser algo grande.
Tenemos la idea de que una persona con propósito tiene que hacer algo extraordinario, dejar una gran huella o conseguir un logro que los demás puedan reconocer.
Y cuando pensamos así, nuestra vida cotidiana puede parecernos pequeña.
Pero el propósito tiene mucho más que ver con la vida que construimos todos los días.
Tiene que ver con nuestros valores, con nuestras relaciones, con el trabajo que elegimos, con lo que aprendemos, con cómo utilizamos nuestro tiempo, con los hábitos que desarrollamos y con las personas con las que decidimos compartir nuestra vida.
Y también tiene que ver con el deseo.
No solamente con el deseo sexual, sino con esas ganas de hacer cosas, de aprender, de crear, de conocer, de disfrutar, de explorar, de perseguir una ilusión.
Porque muchas veces nos olvidamos de algo muy importante: el deseo también nos moviliza.
Por eso, la respuesta en la mediana edad no es necesariamente reinventarnos por completo, abandonar todo lo construido o encontrar una gran misión.
A veces puede ser mucho más sencillo.
Preguntarnos:
- ¿Quién soy hoy?
- ¿Qué quiero hoy?
- ¿Qué quiero conservar?
- ¿Qué quiero cambiar?
- ¿Y cómo puedo construir una vida que se parezca un poco más a mí?
Porque quizás el propósito no sea encontrar una gran respuesta para toda nuestra vida.
Quizás sea construir un día a día en el que podamos reconocernos.
Una vida que podamos mirar y decir:
“Esta vida tiene algo de mí.”
Psicología en Bogotá

