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Hablarles con amor también educa: La importancia del trato respetuoso en niños y adolescentes

Como padres, muchas veces deseamos lo mejor para nuestros hijos, queremos orientarlos, protegerlos, enseñarles a tomar buenas decisiones y prepararlos para enfrentar la vida. Sin embargo, en medio de las preocupaciones cotidianas, el cansancio, las diferencias y las actitudes desafiantes propias de algunas etapas del desarrollo, podemos olvidar algo fundamental: la manera en que hablamos con nuestros hijos puede marcar una diferencia profunda en la forma en que ellos reaccionan frente a nuestras peticiones, límites y orientaciones.


El amor incondicional que sentimos por nuestros hijos puede convertirse también en una decisión consciente: la decisión de hablarles con amor, respeto y comprensión, incluso cuando no estamos de acuerdo con ellos.


Esto no significa dejar de establecer límites, permitir cualquier comportamiento o renunciar a nuestro papel como padres. Significa aprender a orientar sin recurrir constantemente al regaño, al reclamo, al señalamiento, la descalificación, el juicio o la prohibición como primera forma de comunicación.


Muchas veces los padres nos dejamos llevar por la actitud desafiante de nuestros hijos, especialmente durante la preadolescencia y la adolescencia. Una respuesta que consideramos irrespetuosa, una negativa, un gesto, una mala cara o una opinión contraria pueden hacer que reaccionemos desde el enojo y terminemos perdiendo el control de la conversación.


En ese momento, la comunicación deja de ser un encuentro entre dos que necesitan entenderse y se convierte en un desafío o en una lucha por determinar quién tiene la razón.


Y aquí quisiera proponer una reflexión importante: cuando nuestros hijos tienen edades entre 8 y 17 años, tener la razón como padres, no siempre es lo más importante. En muchas ocasiones será mucho más valioso conservar su confianza, su respeto y la posibilidad de mantener una buena comunicación con ellos.


Podemos ganar una discusión y, al mismo tiempo, perder la oportunidad de conocer lo que nuestro hijo realmente siente. Podemos demostrar que tenemos razón y lograr que obedezca, pero también podemos provocar que la próxima vez prefiera guardar silencio.


Como psicóloga, después de muchos años atendiendo niños y adolescentes, he encontrado algo que se repite con enorme frecuencia: los niños y los jóvenes necesitan sentirse escuchados, valorados y validados.


Necesitan poder expresar lo que sienten y lo que piensan, incluso cuando a los adultos sus ideas puedan parecernos exageradas, equivocadas, incomprensibles o hasta un poco “locas”.


Validar un pensamiento o una emoción no significa necesariamente estar de acuerdo. Significa transmitirles: “Puedo escuchar lo que estás sintiendo. Quiero entender por qué piensas así. Lo que pasa dentro de ti es importante para mí".


Y ocurre algo maravilloso cuando un niño o un adolescente experimenta esta sensación de ser verdaderamente escuchado: se muestra mucho más dispuesto a escuchar también al adulto. Cuando dejamos de intentar corregir inmediatamente y primero buscamos comprender, la conversación cambia.


La relación de confianza se hace realidad. Y aquello que esperamos, empieza a pasar:

  • La resistencia puede disminuir
  • La defensividad puede bajar
  • La confianza puede crecer

Recordemos lo que significa ser niño o adolescente

Como adultos, a veces olvidamos lo difícil y confuso que puede ser atravesar estas edades. La niñez y la adolescencia son etapas de profundos cambios físicos, emocionales, sociales y psicológicos. Son años en los que nuestros hijos están intentando responder preguntas enormes:

  • ¿Quién soy?
  • ¿Dónde pertenezco?
  • ¿Qué piensan los demás de mí?
  • ¿Soy suficientemente bueno?
  • ¿Me aceptan?
  • ¿Qué quiero ser?
  • ¿Por qué siento tantas cosas al mismo tiempo?


Esta es una etapa de construcción de identidad, de búsqueda de autonomía, de emociones intensas y, muchas veces, de una gran confusión interna.

Por eso, una crítica, una descalificación, una burla, una comparación, un juicio o una falta de respeto pueden ser recibidos con una profundidad mucho mayor de la que imaginamos. Las palabras pronunciadas por compañeros, profesores y otros adultos pueden dejar huella, pero las palabras que vienen de papá o mamá tienen un peso especialmente significativo.


Algunas frases se olvidan. Otras pueden permanecer durante muchos años. Por eso debemos cuidar no solamente qué queremos enseñarles, sino también cómo se lo estamos diciendo.


Una de las tareas más importantes como padres: corregir sin herir

Nuestros hijos necesitan orientación. Necesitan límites. Necesitan aprender que sus actos tienen consecuencias y que convivir con otras personas implica responsabilidad y respeto. Sin embargo, también deben aprender de nosotros que un límite no necesita ir acompañado de juicio o descalificación.


Podemos decir: “Esto que hiciste no está bien” sin decir: “Tú siempre haces todo mal”, o decir “el desorden de tu habitación no me gusta”, y evitar decir: “Eres un desordenado”.


Podemos expresar nuestro desacuerdo sin atacar su identidad. Podemos corregir una conducta sin descalificarlo a él o a sus amigos. Podemos ser firmes sin ser agresivos. Podemos decir “no” sin destruir nuestro vínculo con ellos.


Antes de reaccionar ante una conducta desafiante, quizá podamos preguntarnos:

¿Quiero ganar esta discusión o quiero conservar abierta la comunicación y confianza con mi hijo?

Porque cuando un niño o un adolescente, siente y sabe que puede hablar con sus padres sin ser inmediatamente juzgado, ridiculizado o castigado por lo que piensa, tiene mayores posibilidades de acudir a ellos cuando realmente los necesita.


Y todos los padres queremos eso. Queremos que cuando nuestros hijos tengan miedo, estén confundidos, se equivoquen, enfrenten una dificultad, vivan una decepción o tengan que tomar una decisión importante, encuentren en nosotros un lugar seguro al cual regresar. Y esto solo es posible, si el amor también se expresa en la forma de hablarnos.


El amor también está en la manera de comunicarnos

Amar a nuestros hijos no significa únicamente alimentarlos, protegerlos, educarlos o hacer sacrificios por ellos. El amor también se expresa en el tono de nuestra voz, en nuestra capacidad de escucharlos, en nuestra disposición a intentar comprender lo que están viviendo, en la manera en que ponemos un límite, en las palabras que elegimos cuando estamos molestos, en nuestra capacidad de reconocer que también podemos equivocarnos y en la decisión de respetarlos incluso cuando no compartimos sus opiniones.


Cuando un padre, una madre o un adulto logra reconocer la vulnerabilidad emocional que acompaña estas etapas de la vida, puede comenzar a direccionar de una manera diferente tanto la comunicación como la relación con ese niño o joven. Puede orientar desde el amor, el respeto y la consideración.


Por supuesto, esto no hará que desaparezcan todos los conflictos. Habrá desacuerdos, respuestas difíciles, errores y momentos de frustración, pues esto también forma parte de crecer y de ser familia. Pero si existe una diferencia enorme entre atravesar estos conflictos desde la confrontación permanente y/o hacerlo desde una relación en la que el niño o el adolescente sabe:

“Mis padres pueden no estar de acuerdo conmigo, pero me escuchan. Me respetan, puedo hablar con ellos y sé que me aman".


Quizás ese sea uno de los regalos más importantes que podemos entregarles durante estos años. Porque muchas de las palabras que les decimos hoy terminarán convirtiéndose, con el tiempo, en la voz con la que ellos aprenderán a hablarse a sí mismos. Y podemos elegir, que esa voz tenga mucho amor, comprensión, respeto y confianza.